Una vez me dijeron que no tenía sentido que me preguntara por qué nos enamoramos.
Más tarde escuché aquello sobre la bioquímica del enamoramiento, que explicaba este mecanismo de percepciones humanas —así lo llamo yo— como una estrategia de la naturaleza para perpetuar nuestra especie.
Las reducciones biologicistas —reconozco— me aportan sensatez y calma en muchos aspectos, pero, para mí, no era suficiente.
Tenía que haber algo más o rendirme a la noción de que un día nos despertamos y nuestras hormonas deciden hacer la danza del pavo real —y nosotros destinados a claudicar ante ellas—. Preferí seguir indagando.
¿Qué está antes: nuestras hormonas o el enamoramiento —es decir, una consciencia—? Quizás aparecen en simultáneo y debería ir un paso más allá para adivinar lo que hay en la antesala, pero volvería a este callejón sin salida que implica salir de la creación para comprenderla.
Aquí es cuando me di cuenta de que el enamoramiento era este: “mecanismo de percepciones humanas”. Es decir, veo en el otro a mí misma y me reconozco a través de mi interacción con él. Pero este fenómeno no ocurre solo en el enamoramiento —está claro— también puede suceder con los enfados, por ejemplo. Entonces, ¿qué hace de este mecanismo algo diferente al enfado?
El enfado nos muestra algo que hacemos de forma inconsciente, mientras que el enamoramiento va a la raíz de un deseo para contemplarnos.
¿Veo en la libertad de mi crush de turno, mi libertad? ¿Descubro en la intensidad de mi enamoramiento con fulano —mejor dicho: endeseamiento— fantasías que aún me quedan por descubrir? Algo así.
En este reparo, ¿me libero del yugo de desear cumplirlas con el sujeto que las provoca, y decidir si quiero vivirlas a solas o con otra persona?
Dándome cuenta de este espejismo, mi poeta interior ve muy claro que enamorarse es crear metáforas de una misma a través de los ojos en los que se contempla. Los reflejos que nos devuelven los seres a los que amamos —o deseamos— iluminan una porción de nuestro ser, y esto puede convertirse en una magnifica celebración de autoconocimiento —o amor propio del bueno—.
Comprender el enamoramiento de esta forma puede liberar —esta frase es tanto una afirmación, como una pregunta—. Quizás, nos liberamos también de nuestra biología o de los embates de la cultura sobre ella.
Lo que sí tengo comprobado es que, una vez que se entiende el fenómeno, ya no juega en nuestra contra. Pasamos de autómatas a vivir en autonomía. Si lo deseamos, nos despojamos de filtros posesivos, narrativas inciertas, melodramas, romances o clichés para abrir la puerta a otras sensaciones…
Dejamos de buscar en otros lo que somos…
Quizás, nos adentramos a una forma de amar que no tiene nombre. A una forma solitaria de estar en paz que sabe vivir en compañía de seres que comparten este lenguaje pulcro. Un tesoro, un enigma, rara avis… ¿Quizás a otra humanidad?
Hasta aquí el misticismo del día.
Sofía Beyond
Autora & Guía
