Esta mañana pasé por una revisión médica y me atendieron cinco mujeres —no revelaré detalles para conservar su privacidad—.
Al verme, todas automáticamente —y este es el quid de la cuestión—, se enfadaron conmigo.
En mi defensa, he de decir que no dije ni hice absolutamente nada fuera de lo habitual —de hecho, mantuve viejas costumbres, como decir: «buenos días», «muchas gracias», «hasta luego»…—.
Entro por la puerta —no hay ventanas accesibles—, me posiciono en el mostrador, saludo, espero a que las recepcionistas terminen lo que están haciendo para no imponerme abruptamente, digo mi nombre, me siento en la sala de espera, me vienen a buscar, entro en la consulta. La asistente de la doctora me da indicaciones, las sigo, me atiende la doctora, vuelvo a la recepción, programamos una nueva cita y me voy —otra vez por la puerta—. Aclaro esto en caso de que pensarais, por alguna razón, que entré por una ventana para justificar los enfados, pero de eso nada.
Hemos seguido el protocolo a rajatabla. Nada fuera de lo habitual, salvo ser yo misma —puede que este sea el verdadero quid de la cuestión—.
En estos nueve meses que llevo de cambios profundos, estos últimos cuatro han sido exponenciales y vertiginosamente radicales.
Hablando mal y pronto —y lo voy a poner en mayúsculas para que sientas y entiendas conmigo la gran liberación que supuso en poco tiempo—: MANDAR BIEN A LA MIERDA A LAS PERSONAS —o energías— QUE NO CORRESPONDÍAN EN MI VIDA.
Aplicar esta cruz al plano íntimo o profesional es un must que se ha puesto en boga gracias a coaches o gurús de internet, pero que pocas personas saben aplicar de forma sana y con matices —algunos se alejan de lo que más necesitan, otros lo hacen desde el enfado, equivocándose a largo plazo—.
Para hacerlo de forma impecable, primero debo conocerme. Tener una conversación conmigo misma.
¿Cómo puedes dejar atrás personas —o energías— si no sabes lo que te mereces? Pero… ¿qué mereces realmente? ¿Eres digna de lo que dices merecer? ¿Estás a la altura? ¿Quién eres tú para los demás como para tener la sana arrogancia de mandarlos a la mierda? ¿Qué significa esto último y con qué fin lo haces?
Los que me conocen saben que soy una bomba de amor y cuidados. Muy solitaria y autónoma, pero amorosa hasta la médula. Pero el amor incondicional implica límites que la cultura te obliga a imponer.
A mí me costó muchos años aplicar esto. Si bien desde pequeña observaba a mi padre, que parecía ser dos personas distintas —una en el trabajo y otra en casa—, no logré comprender la necesidad de esta dicotomía hasta hace unos años.
Poner límites da gusto y, con la práctica, dejas de darte cuenta de cómo lo haces. Se automatiza. Como ocurrió esta mañana en el centro de salud, donde mi sana presencia blindada emanaba un aire de salvaje libertad que desubicó a las domadoras.
Desde que me desperté hasta que estoy escribiendo esto, soy la misma persona. Considero que este es el límite más sano que puedo ponerle a esta sociedad, aunque esto genere cortocircuitos letales en los espectadores de mi ser, capaces de provocar —entre otras secuencias— enfados o alegrías.
Para identificar las razones reales de los cinco enfados femeninos, habría que hablar con cada una por separado. Apuesto una cena a que cada una tiraría hacia lugares muy distintos entre sí —y que nada tendrían que ver conmigo—, y redoblo la apuesta a que más de la mitad negaría rotundamente su emoción.
Sofía Beyond
Autora & Guía
