Carta de una sacerdotisa.
El animal que vive dentro del ser humano sufre. Sufre más que animal de otra especie maltratado por éste en su sufrir. Esto no redime al humano de su responsabilidad sobre otras especies víctimas de su maltrato.
Odiar a la especie humana actual, por no amar esta condición, no es útil y lleva al ser por el camino de la amargura. Odiar la estupidez humana, tampoco sirve. En todo caso, mejor sentir alergia.
El animal humano sufre por no haber sido amado, cuidado, escuchado, entendido o besado lo suficiente. Sufre por haber sido encasillado, amarrado o desatendido emocionalmente. Esclavizado, educado en moldes, obligado a la escasez, a estructuras mínimas, etc…
El animal humano es muy creativo en su sufrir. Se inventa razones con la misma facilidad con la que se mantiene en ellas.
Tener Fe en la restauración de la humanidad, permite que algunas personas cuidadoras puedan soportar este mundo. Llevar a delante esta misión las preserva de perder su ingenuidad, de convertirse en autómatas o suicidarse.
Cuando el animal humano sufre, lo primero es escucharle. Poner una mano en su pecho, entrecejo o barriga —una forma de escucharlo con la mano—.
Calmar su cuerpo, glándulas, pensamientos, respiración, anhelos…
El animal humano es afecto. Miradas.
Silencio.
