Estas palabras se las escuché a una capitana que cruzó el Atlántico, desde el puerto de Buenos Aires hasta Málaga, sola. Os podéis imaginar el periplo y la valentía de la mujer.
Llevo días con ellas en mi cabeza: «Yo sé que sola voy», «Yo sé que sola voy»…
Qué gran verdad.
Cuando los gustos de tus amigos no son tus gustos, cuando cada vida tiene sus prioridades, cuando se prefiere el QUÉ en vez de con QUIÉN. Cuando no tienes pareja, o la tienes pero no le apetece lo mismo que a ti… En esos momentos, sabes que sola vas, o puede que nunca vayas.
Hay trenes que pasan una vez en la vida, dicen…
¿Irías a un lugar sola? ¿Irías aunque tengas pareja?
¿Estos momentos te hacen dudar de estar en pareja? ¿Para qué tenerla? ¿Qué formas de hacer pareja existen? —esto lo veremos en otro episodio—.
Verano de 2011. Mis amigos no se ponían de acuerdo en quiénes irían a Brasil. Yo quería conocer Granada. A mi pareja de aquel entonces no le gustaba la idea. Fui sola.
El viaje de un mes se convirtió en quince años de magia y un encuentro anhelado.
¿Granada? ¿A qué…? Nadie comprendía.
Lo típico en aquel entonces, era viajar a Miami, Nueva York, Madrid, Barcelona o alguna que otra urbe más conocida.
Sin embargo, yo quería ir a Granada. Conocer la provincia de Lorca. A mí me movía el romance, las clases intensivas de danza, comprender la idiosincrasia andaluza, la naturaleza del agua en la arquitectura de la Alhambra, los versos flamencos y otros embrujos que llamaban a mi curiosidad, más guiada por mi instinto que por mi razón. Desconocía la ciudad en sí. El Google de 2010 daba pocas pistas, y yo prefería conocerla en carne y hueso.
Cuando llegué a Granada, un taxista me llevó del aeropuerto a un hotel precioso donde se cruzan el Albaicín con el Sacromonte —dos barrios que respiran historia, personalidad y aires de bohemia—.
Yo no podía creer tanta belleza, tanto recoveco. La carrera del Darro que culmina siendo el Paseo de los Tristes, una calle de adoquines que discurre en paralelo al río no me parecía real; un escenario de cine. Mientras tanto, La Sierra Nevada, tan femenina y entregada a su manto blanco de enero era un símbolo de lo que iba a pasar.
Mi evocación al pasado me tenía derretida. Yo, que venía de una ciudad de no más de cien años, estaba recibiendo todo aquello como una especie de reencuentro. ¿Serían las memorias de mis antepasados?
Una vez alojada, me hice unos mates.
Fue la primera vez que sentí el frío seco. Una especie de placer sublime sobre mis mejillas. Los copos de nieve lloviznando me causaban ternura, mientras en el horizonte, silenciosa pero imponente, la Alhambra.
No puedo describir lo que sentía al tenerla de frente. Recuerdo esto y deseo llorar. Me pregunto si en mí, hay almas de Boabdil.
A la mañana siguiente comenzaba mi curso de baile. Todo era un sueño.
Yo supe que sola iba.
Fue el principio de mi empoderamiento. Por primera vez sentí que me valía por mí misma. Con los años había acaparado el gusto de hacer todo sola: dormir sola, vivir sola, estar sola…, etcétera —aunque era más parecido a aislarme que disfrutar de mi compañía, pero esto lo contaré en otra oportunidad—.
Granada, la primera parada del periplo. Gracias Lorca, muso inspirador. Tengo pendiente leer tu poema, Poeta en Nueva York —aunque, dados tus efectos, quizás, mejor que no—.
Sofía Beyond
Autora & Guía
